jueves, diciembre 31, 2020

Abrazar a los que fuí


He cometido más errores en mi vida de los que puedo recordar. Esos errores, en la misma medida que mis aciertos, me han definido y me han convertido en la persona que soy.

Si pudiera volver en el tiempo y cambiar aunque sea una decisión de mi pasado, la más mínima, también me convertiría en otra persona. ¿Mejor o peor? ¿Con más o menos éxito? ¿Igual de feliz? Es imposible saberlo, la respuesta es una absoluta incógnita.

Pero además de ser una incógnita, es intrascendente. No importa quién pude ser, no importan las posibilidades que me he negado, no importan las puertas que yo mismo cerré conforme fui eligiendo el camino que me trajo a mí.

En todo momento elegimos con los recursos que tenemos a la mano. Hacemos lo que haga falta para sobrellevar el presente. Cada nueva decisión está conectada con todas las anteriores y es necesaria. En realidad siempre elegimos lo que está más cerca de nosotros, lo que se adapta mejor a nuestra esencia, sea o no lo más lógico.

Nuestro destino nos llama desde un futuro que nosotros imaginamos incierto, pero estamos atrapados en su red, recorremos un camino inexorable hacia nosotros mismos. No tenemos alternativa. Podemos responder lo mismo que Jehová cuando se le apareció a Moisés en forma de zarza ardiente y este le preguntó quién era: Soy el que soy.

Vivimos en una época hipócrita que nos exige empatía hacia los demás, pero a la que no le importa si nos olvidamos de nuestra propia historia. Nos exige ponernos en los zapatos de los otros para entender su dolor y perdonar sus errores, pero no le interesa si volteamos a vernos a nosotros mismos y a la serie de decisiones que nos trajeron hasta aquí.

Vivimos en una época que nos muestra la realidad a través de una pantalla, pero nunca a través de un espejo.

De nobis ipsis silemus. 
Acerca de nosotros mismos callamos. 
Sobre todo cuando se trata de nuestros propios errores. Nos avergüenzan, quisiéramos borrarlos, que no quede registro de ellos.

Quisiéramos ser infalibles y mostrarnos así ante el mundo que nos ve a través de una pantalla. Nos buscamos también nosotros en esa pantalla y aplicaríamos los filtros que fueran necesarios para borrar nuestras imperfecciones.

En lugar de asumir lo que somos y ser felices con ello, buscamos borrar, editar, eliminar cualquier rastro de las personas que hemos sido. Queremos ser una versión terminada, inmutable, eterna de nosotros mismos.

He cometido más errores en mi vida de los que puedo recordar, como todos, y seguiré cometiendo muchos otros todavía. Estoy lejos de la perfección, pero cada uno de los errores que cometí me convirtieron en quien soy.

Cada paso atrás que doy con la memoria me lleva a alguien distinto, pero también al mismo. Ese alguien es el puente entre mi pasado más lejano y mi presente. Un puente necesario que he ido construyendo con los años y que no pudo ser distinto.

A cada uno de los que fui le estoy agradecido en cierta forma, aunque haya tomado decisiones que no siempre fueron las mejores, porque sé que siempre fueron las más honestas.

Si pudiera volver en el tiempo y cambiar alguna decisión de mi pasado, la que sea, no cambiaría nada. Elegiría en todo momento haber sido los que fui para llegar a ser el mismo que soy. Elegiría y voy a elegir siempre abrazar a los que fui.

sábado, noviembre 14, 2020

38

Setenta y seis años no son muchos, ni pocos. En la escala cósmica no tienen importancia. Duran menos que un suspiro. Son, si acaso, un sueño que se olvidará al despertar. Nada quedará en la memoria del mundo de estos setenta y seis años, de cualquier conjunto de setenta años y seis elegidos al azar.

Razonablemente podemos decir que una vida humana dura setenta y seis años. Ayer cumplí cumplo treinta y ocho, la mitad de una vida. La mitad de un suspiro. La mitad de casi nada.

Pero setenta y seis años también es una cantidad inmensa de tiempo. Lo suficiente para diseñar y ejecutar una maravilla del mundo, o para escribir una obra maestra. En setenta y seis años puedes construir un imperio, y perderlo. En setenta y seis años caben cuatro generaciones: el búmer odia al equis, el equis odia al milenial, el milenial odia al centenial, y el centenial ya no sabe ni quién es, ni nada.

Hoy cumplo treinta y ocho, la mitad de una vida. La mitad de una eternidad.

Lo curioso del tiempo es que para cada uno transcurre a un paso diferente. Para mí, treinta y ocho años han sido como ciento ocho, y para alguien que ha vivido los ciento ocho realmente, quizá no le han parecido suficientes. El tiempo es una cuestión personal, íntima.

En mis ciento ocho años he hecho de todo. También lo he querido todo, aunque he tenido muy poco.

Alguna vez leí como si no hubiera mañana, luego me aborrecieron las ideas de los otros. Entonces me hice freelancer. Abandoné esta actividad, como abandoné muchas cosas. Abandoné ciudades y adopté otras. Caminé hasta olvidar de dónde venía y ahora no soy de ninguna parte.

Muchos adioses me han dolido más de lo que ahora estoy dispuesto a aceptar. Abandonar una vida es difícil porque es como morir y empezar de nuevo, desde cero.

Como he abandonado muchas vidas, he muerto muchas veces.

He tenido muchas muertes, todas distintas, aunque todas la misma. Morí de muertes violentas, obligado por las circunstancias, obligado por actos de dios que cambian los planes más queridos, que derrumban los sueños más sólidos. Morí aplastado por los escombros de una casa caída. Morí aplastado por la pesada rutina. Pero también morí una tarde sentado en mi mecedora al primer parpadeo de un sueño pesado. Morí muertes hermosas, espectaculares, de las que todavía se cantan himnos.

He sido héroe, he sido villano, he sido insignificante. Casi nunca pude elegir el papel que me correspondía representar porque al final muy poco está en nuestras manos y todo depende de factores externos. Uno es lo que va pudiendo con lo que trae encima. Y es difícil traer algo encima cuando se vive abandonando.

Cuando pienso, cuando de verdad me pongo a pensar, en que esto es apenas la mitad del camino, me siento muy cansado. Pero también tengo el consuelo de la experiencia. Todo lo que he tenido y perdido, todo lo que he sido y dejado de ser, se me acumula ahora en la memoria y me da todo lo que necesito para ver a la vida de frente, sin miedo, sin desesperación, sin ansiedad por un futuro incierto. Lo que ha de ser, será. De donde me he de ir, me iré.

La mitad del camino que me queda por delante es cuesta abajo, en varios sentidos. Seré viejo, sí, pero también seré el que sabe.

Sé que nada es importante, porque todo se termina. Sé que nada vale la pena, porque al final lo abandonamos todo. Sé que nada importa, nada, solo ser felices, porque la próxima muerte siempre está a la vuelta de la esquina, y cualquiera de esas podría ser la última, la definitiva. Y cuando llegue, sea hoy o en treinta y ocho años, la recibiré y la abrazaré como se abraza a quien estimas.

Hoy estoy un año más cerca de mi muerte, pero no le tengo miedo. Llevo una vida, muchas vidas, acostumbrándome a ella.

lunes, marzo 09, 2020

No busques la paz donde la pierdes


A cierta edad, tenemos claro que la fortuna más grande que puede perseguirse, es la paz. También a cierta edad, entendemos que la paz no se persigue, sino que se encuentra.


A cierta edad, sabemos que para encontrar cualquier cosa, hay que llevar a cabo ciertas acciones y esfuerzos significativos. También a cierta edad, comprendemos que no vale la pena trabajar por encontrar cualquier cosa.

Sabiendo eso, ponemos en marcha entonces nuestros esfuerzos para encontrar paz; sin embargo, a pesar de la edad, muchas veces creemos que vamos a lograrlo buscando en donde la perdemos.

En el amor que se fue, en los sueños que tuvimos, en las ilusiones que no serán, en las promesas que no se cumplieron, en los pactos que se quebraron, en los acuerdos dichos pero nunca hechos.

Buscamos ahí, nos esforzamos ahí, trabajamos por ello, por volver a tener lo que creímos que era la felicidad y ya no está. Nos desvivimos por vivir lo que no fue. Perdemos la paz.

Es en este comportamiento en donde radica la contradicción más grande del ser humano: buscamos la paz en donde la perdemos.

A pesar de que lo sabemos, de que llegamos a la edad en que ya lo entendimos, buscamos la paz en donde se nos va.

A cierta edad, confundimos aún recuerdos con deseos, anhelos con certezas, promesas con futuros. También a cierta edad, somos incapaces de percibir cuando estamos trabajando por encontrar algo donde no está.

Ningún tesoro fue encontrado donde nunca estuvo.

No busquemos la felicidad en donde la perdemos. Ahí no está.

No busquemos el amor en donde lo perdimos. Ahí no es.

No busquemos la paz en donde desaparece. Encontraremos lo contrario.

A cierta edad, estamos listos para entenderlo y también para ponerlo en práctica. Esa edad es cualquiera que sea, en el lugar que sea, en las circunstancias que sean.

No hay momento específico para encontrar la paz. Siempre es hoy.

La paz es una decisión.

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Si no encuentras la paz adelante, mira arriba, y si no está, mira atrás, y si no está, mira adentro.

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No te busques en donde te perdiste. Nunca estuviste ahí.

domingo, marzo 08, 2020

Entre no poder volver y no saber irnos


Y está uno ahí parado frente a esa terrible pero inevitable encrucijada a la que se llega siempre: no poder volver y no saber irnos.

El olvido, como decía Neruda, dura mucho más que el amor, y yo también lo creo. Es como las cicatrices que permanecen años aunque las heridas hayan estado abiertas pocos días. Pero de eso se trata querer, de estar dispuesto a la cicatriz que deja, y de llevarla como otra evidencia de que estuvimos vivos y nos atrevimos a todo.

No importa cuántas historias hayamos sobrevivido, la que sigue también nos dolerá. Y tampoco importa que sepamos que el amor no mata, porque igual se siente como que sí. Luego pasa que uno se va haciendo a la idea de intentar querer menos y olvidar más, y llega a cierta edad en la que la sola posibilidad de amar, causa más miedo que esperanza. He estado ahí.

Sin embargo, sucede; se vuelve a querer, vuelve a doler, y se vuelve a olvidar. Y ese aterrador proceso por el cual ya no estábamos dispuestos a pasar de nuevo, pasa. Y se da uno cuenta que sigue vivo y que sigue bien, que la otra persona se va alejando y que no se lleva nada que nosotros no hayamos querido darle, que construirá su vida así como nosotros la nuestra, y que en algún tiempo será apenas otra cicatriz.

De lo que estoy seguro, es de que cada persona, se quede o se vaya, cumple su objetivo, entendamos cuál era o no. El tiempo no cura nada pero aleja lo suficiente para que encontremos, en la distancia, las respuestas. Sé que es difícil soltar, sobre todo lo que ya nos soltó, pero es más difícil vivir amarrados a lo que no es nuestro.

Hace un tiempo decidí que no volvería a deshacerme por nada que no estuviera en mí, que si voy a quebrarme por algo, que ese algo sea yo, que si voy a aferrarme a algo, que ese algo se aferre a mí y que si voy a atreverme por algo, que ese algo se arriesgue por mí.

Deseo que suelten lo que ya los soltó, que todo lo que amen los ame, que todo lo que cuiden los cuide, que lo que esperen los espere, y que lo que busquen los busque. Ya no estamos en edad como para perdernos por alguien que no sabe a dónde va, y tampoco queremos deshacernos por algo que no nos construye.

El amor dura menos que la cicatriz que deja, es verdad; pero la decisión de quedarse entre no poder volver y no saber irse, es de cada uno.

Me gusta pensar que al final de nuestra vida estaremos a la distancia suficiente para ver cómo cada historia tuvo sentido, aunque doliera. Si nos fijamos bien, somos un cúmulo de cicatrices que evidencian nuestro paso por la vida de otros. Ese es el diseño.

Llegará el día en que otra historia se ponga, con determinación, frente a la nuestra para darle sentido a todo, y justo ahí, nos volveremos fuego, uno en otro, para quemar toda evidencia.

domingo, marzo 01, 2020

Creer es crear

Escribir es construir algo que vivirá dentro de alguien más. Leer es escribir adentro.

Escribir es no faltarle a otros. Leer es perpetuar a alguien más.

Escribir es crear otros mundos, dimensiones, universos. Leer es habitarlos.

Escribir es otra forma de tocar. Leer es una forma de dejarse.

Escribir es levantar puentes y abrir caminos. Leer es atravesarlos.

Escribir es hacer el intento de permanecer más allá de uno mismo. Leer es darle vida a quienes ya no están.

Escribir no es volver, es haberse nunca ido. Leer es vivir historias que no eran nuestras pero ya lo son.

Escribir es otra forma de saber. Leer también.

Escribir es encontrar, leer aún más.

Escribir es hacer existir lo escrito.

Leer es darle espacio para escribir.

Vamos a escribir entonces, a construir en otros, a no faltar, a tocar, a levantar puentes y abrir caminos.

Vamos a leer entonces, a dejar que las palabras nos habiten. A escribir adentro.

Me puse a escribir para crear.

Me puse a leer para creer.