miércoles, noviembre 13, 2013

El viejo níspero

Cuando era un niño recuerdo que me llamaba la atención un árbol con unos frutos color naranja, los encontraba muy arriba y la mayoría de las veces esparcidas por el suelo, recuerdo que las semillas las consideraba los tesoros más grandes que se pudieran tener.

No sé si conozcan las semillas, son brillantes de color café oro y resplandecen más bonito que un cristal visto a través de la luz. He de confesar que no he visto muchas joyas a mis 30 o bueno, hoy 31 años de edad.

Un día, hace no mucho caminando por la calle me topé con un viejo níspero y algunos frutos en el suelo, a pasar frente a el recordé todos aquellos momentos, cuando guardaba las semillas junto con trozos de otras cosas sin valor, pero que para mí eran inagotable fuente de recuerdos, como aquella vez que le llevé a regalar uno a mi mamá haciéndolo pasar por una joya; estoy consciente que en mi vida, o al menos en aquel momento no comparaba el oro o diamantes por que no formaban parte de mi estilo de vida.

Recuerdo también que me preguntaba ¿por qué las semillas no valían tanto como las monedas? ¿por qué el valor emocional de las cosas ahora no vale nada? ¿ya nadie ve la magia de las cosas en las cosas sencillas y que son recibidas sin nada a cambio?

Ahora pienso que la ventaja que tiene el níspero sobre cualquier otra joya es que si uno entierra uno anillo de diamantes, es seguro que no crecerá un árbol de diamantes; pero si uno entierra una semilla de níspero, crecerá un árbol con cientos de frutos que en su interior cargará con esa gema devaluada por la humanidad.

Seguimos el camino y me preguntaste si sabía que árbol era ese.

Sonreí.

Nos tomamos de la mano y seguimos caminando.

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